CUESTION DE CREER
De repente
Victor Coyote ha descubierto que todo
es una cuestión de CREER.
-De CREER que uno es un corredor de fondo.
Uno tiene que creerlo a la fuerza cuando a los cuarenta y muchos
años, uno se pone a escribir y le sale una canción
como "Azcona 16"
-De hacer CREER a la gente:
Que sus letras son una descripción tan detallada, algunas
veces de los acontecimientos sociales, otras de las indescriptibles
y enigmáticas sensaciones biológicas que sacuden el
alma humana en ciertos momentos, que los tópicos literarios
del perdedor-canalla-bebedor, del rockero mesiánico y del
artista bohemio del siglo pasado que llenan los surcos laser de
tantos y tantos CDs son conceptos que pertenecen a una poética
de eso, del SIGLO PASADO.
-De CREER firmemente y mas que nunca que la vida es una cuestión
de TOMA y DACA. O sea, de Yin y Yan, de Bondad y de Maldad, de Risa
y de Llanto, de Músculo y de Cerebro, de taburete de cantautor
y de coreografías de artista de Miami.
-De CREER, ahora que es un solista, que su grupo (Carlos López/
bajista, Carlos Mirat/ batería y Alex Balaclava/ teclados)
es uno de los grupos con sonido mas original, empastado y económico
del rock electrónico actual.
-De CREER en la cuadratura del círculo o en la pescadilla
que se muerde la cola. Por eso Coyote ha grabado un disco de New
Wawe del año 2004 sin intención revival, simplemente
porque él nunca había hecho Nueva Ola. (Tan ocupado
estaba, como sabemos, en descubrir la latinidad)
-De CREER -como dice la primera canción estrella de éste
Mini CD- en el Diablo, en el Santo Job, en el Mar de los Sargazos,
en la gota que colma el vaso y en la sangre del Señor
¿A QUE VIENE AHORA SILBAR? CREYENDO PASO A PASO:
AZCONA 16- Una casa se queda vacía. No
por mucho tiempo. Las reacciones físicas derivadas de la
acción se mezclan con los recuerdos y los sentimientos
de los antiguos inquilinos.
Una canción mod con ritmo inspirado en el "Burning
Love", y toda la voluntad "Motown" que tenía
la canción de Elvis.
BASTANTE, BASTANTE- Victor pretende convencernos
de que la tristeza desde la lejanía puede ser tan extraña
como un comic de Dan Clowes. Lo consigue. En lo musical, la canción
acierta con un estribillo muy mexicano, con una segunda voz que
recuerda a Rocío Durcal y un teclado muy a lo ABEJA MAYA
en intelectual.
YO, QUE CREO EN EL DIABLO- Ya se ha dicho que
el artista CREE. En la canción, los que son unos descreídos
son los parroquianos del bar de la calle Palma, donde Lucifer
cae una tarde de lluvia, casi por casualidad. La banda sonora
de la historia tiene su fórmula: Rock´n´Roll
+ Electrónica pop.
SOLO POR EL RUIDO- Las canciones de niños
tienen varios componentes temáticos: ternura, cierto sadismo,
juegos de palabras tirando a lo incomprensible y amistad hasta
la muerte. Y puede que algún otro ingrediente que no figura
en esta canción. Es posible.
FAMILIAR- Se puede ser artista y llevar una
vida ordenada. Se puede ser artista y llevar una vida desordenada.
Se puede ser bohemio y se puede ser elegante. De lo que casi nadie
escapa es de tener una vida FAMILIAR.
Txema Pintado
Víctor Coyote comenzó su carrera
musical en 1981, de forma adyacente a la ‘movida madrileña’.
Adyacente porque, a pesar de coincidir en fechas y lugares con
sus principales protagonistas, él mantuvo claras diferencias
con respecto a ellos. Musicalmente, el punto de partida de su
grupo, los Coyotes, era el Rockabilly, del cual Víctor
es aún entusiasta. Pero, a diferencia de sus colegas -españoles
o extranjeros-, su líder pronto se percató de lo
absurdo que era poner puertas al campo, por lo que comenzó
a bastardear su rock chulesco con influencias tales como el Calipso,
la New wave más intelectual, la Rumba -catalana o no- o
el Funky más avanzado de la época, logrando ganarse
un buen número de fieles y exigentes seguidores.
Así, Coyote, entre mediados y finales de los ochenta,
perpetró una serie de discos sanamente inclasificables,
frescos, intensos y bailables, como “De color de rosa”
o “Las calientes noches del barrio”, muestras palpables
y empíricas de sus exploraciones en los terrenos de la
música ‘caliente’ antes de que David Byrne
o Santiago Auserón siquiera anotaran las posibilidades
de la fusión de la misma con el pop y el rock.
Consciente de que había venido al mundo a hacer lo que
realmente debía, quería y tenía que hacer,
Víctor sometió su carrera musical a una serie de
cambios llenos de valentía. Cambios que hoy pueden parecer
lógicos con el fin de mantener viva la emoción de
una obra sin casarse con nadie ni venderse por nada, pero que
en su día no fueron bien comprendidos por un público
mayoritario corto de miras y acostumbrado a obviedades. Todo ello
no pudo evitar que el Coyote se viera transformado en un sex symbol
temperamental, lleno de una enorme e hiriente ironía hacia
sí mismo y hacia los demás, que lanzaba una mirada
genuinamente posmoderna sobre el ‘rollo hispano’.
Víctor Aparicio desarrolló, paralela a su carrera
musical, otra de diseñador y pintor, rama profesional en
la que se ha mostrado igualmente versátil, coherente y
prolífico. Mención aparte merece su labor como letrista,
la cual le descubre como un agudo observador, detrás de
cuyo caparazón colorista y falsamente arrogante se nos
revela un hombre de densas reflexiones, escéptico pero
tierno, y con un sentido del humor inagotable que sólo
unos pocos han logrado apreciar.
Todo esto ha permitido a Víctor Coyote editar sus últimos
discos libre de las presiones del mercantilismo de la industria
musical, lo cual le ha llevado en los noventa tanto a enriquecer
su discurso con músicos y sones genuinamente brasileños
en “Lo Bueno, dentro” (1995) como a dejarse seducir
por la vanguardia más radical, electrónica y ruidista
del pop en “Lucha de migajas” (2000).
En “¿A qué viene ahora silbar?”, ha
tomado más que nunca el control de sus canciones, limando
aristas innecesarias y eliminando embellecimientos estériles.
Su nuevo cedé para el sello Munster nos ofrece su lado
más extrovertido, desprejuiciado y vitalista, sonando a
la vez más ‘artie’ y más cercano que
nunca, con un sorprendente eclecticismo que combina referentes
nuevaoleros y rockeros con otros en la onda tex-mex o puramente
latina, y un gusto por las atmósferas envolventes con un
toque de electrónica vintage. Todo ello sin perder un ápice
de la chulería, el misterio y la sensualidad que caracteriza
cada uno de sus álbumes. Con “¿A qué
viene ahora silbar?” Víctor Coyote ha facturado una
colección de temas concisa pero precisa, llena de buenas
melodías, que convierten a éste en el más
accesible de todos sus discos.
“¿A qué viene ahora silbar?” representa
un éxito asegurado y merecido para un artista que no ha
vuelto, simplemente porque siempre ha estado ahí.