Entre 1980 y 1985, antes de inventar el rock latino con doce años de anticipación (y perderse así el chorreo de pasta que les habría caído si no se hubieran adelantado tanto a su tiempo), los Coyotes eran el grupo más original y excitante de la Movida Madrileña. Como es natural, casi nadie se enteró. Dada su formación (guitarra, contrabajo y caja) y los tupés de Fernando Gilabert, los árbitros de la modernidad dieron por supuesto que se trataba de una versión local de los Straycats y los descartaron como “una banda de rockabilly”, para la que no podía haber un sitio de honor en un mundo de modernos con el pelo teñido que querían ser botes de Colón ni en un mundo de quinceañeras sentimentales dispuestas a suspirar con las canciones de los Secretos y Nacha Pop. Para colmo, los teddies que acudían a sus conciertos descubrían con indignación que los Coyotes no cantaban Be-bop-a-lula. Eran un caso perdido.
Era, no obstante, evidente que tocaban rock’n’roll, y a alguien se le ocurrió aplicarles la etiqueta de “punkabilly”, pero bastaba mirarlos para darse cuenta de que de punks no tenían nada. Tampoco iban a gustarles a los punks.
¿A quién gustaban? Gustaban básicamente a los músicos y a los enteraos. Gustaban a los rockeros sin prejuicios, que apreciaban el valor de una banda caliente y de alta energía. A gente dispuesta a pasarlo bien, porque los Coyotes eran divertidos. En sus conciertos se bailaba de principio a fin. Los otros grupos de rock’n’roll de la Movida (los Elegantes, Mermelada, los Bólidos…) y sus allegados acudían infaltablemente a la fiesta. Se formó una comunidad, un público fiel de entendidos que se hacían llamar “la Coyotada”.
Lo perdieron cuando se decantaron por la latinidad, allá por 1985.
Los Coyotes tenían un problema. Mejor dicho, su público tenía un problema: la banda evolucionaba con excesiva rapidez. Cada temporada parecía que cambiaban su estilo y su sonido. La batería minimalista de Nano “el Paraca” dejó paso a la exuberancia percusiva de Carlos Torero y después a la contundencia vasco-tropical de Celes Albizu.
La Coyotada había asimilado perfectamente todos los cambios, y siguió encantada con el rumbabilly de “300 kilos” y el sensacional LP “Mujer y sentimiento”, pero al final no pudo con “Las calientes noches del barrio”. Empezaba otra historia.
Ya en 1984, Víctor era consciente de la situación y declaraba:*
“Ahora necesitamos un cambio de público porque a la gente que normalmente asiste a nuestros conciertos no les gustamos”.
Y también: “Aquí no ha surgido ningún grupo que haga rock latino, y cuando ocurra, nosotros estaremos en otra cosa.”
Profético. Cuando llegó el dinero, mucho tiempo después, ellos ya no estaban. Y los antiguos coyotistas oían la música de moda, se miraban perplejos y decían: “Esto ya lo hacía Víctor Coyote hace diez años… ¡y nos reíamos de él!”
Juanma Ibeas
*(Entrevista con Sagrario Luna en la revista GRATIX)
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